jueves, 2 de mayo de 2013

Soledad primaveral

Extraña desolación la de primavera:
rara soledad, silencio y quietud en medio de un prodigio de sol y jacarandas que dan las pinceladas últimas al lienzo del panorama.

Estamos dulcemente solos, serenamente solos, esmeradamente solos, sutilmente solos. Soledad suave, satinada y cargada de miel y brisa de montaña.

En la cumbre de una colina , la más antigua y renovada de todas, contemplo la continuidad de la urbe que me enamora: continuidad frágil, cuidada, protegida, casi muda... una continuidad que sonríe poco, brevemente, con suculenta y refinada hipocresía, conmovedora falsedad de [des]encuentros que simula y disimula el torrencial augurio detrás de la cordillera. Como si nada hubiera, como si nada viniera, como si nada cambiara, como si nada naciera, como si nada muriera, como si nada...

Disfruto de tu aroma a flores y me dispara un instante mi silencio;
aunque sea un instante para oler el aire, para escuchar las rocas que crujen debajo de la tierra y sentir el prado y anticipar el amor y las cenizas....
aunque sea un instante para hincarle un ojo a la consternación florida, a la tormenta de aliento loco, animal y genuino, a la amenazante belleza que me anida.

Ah, primavera.... tantas flores, tantos cantos... cantan y florean el suspiro que tanto significas.

miércoles, 21 de noviembre de 2012


Tectonírico

Tohoku Japanese Earthquake de Luke Jerram











Hoy desperté en silencio, salí de casa y alguna parte de mi programación inconsciente trazó la ruta por mí. Tomé el elevador y le regalé a mi cuerpo un suspiro breve. Al bajar, saludé al portero apenas con una leve sonrisa y un pequeño movimiento de cabeza. Tomé mi auto.

El camino honró mi silencio, pues el radio apareció apagado. Y entonces admiré la quietud de la media mañana, entintada de amarillos pálidos, de acentos encerados y un calor gentilísimo, apenas detectable. Mi auto partía el aire con perfecta tersura, con graciosa agilidad y elástica firmeza. Y yo adentro, sin dar cuenta de operación alguna, disfrutando el matizado fotogénico del día golpéandome la frente con frescura, revelando las minúsculas ralladuras en mis gafas de sol. El trayecto se sentía como una secuencia sin rumbo, como un aforamiento espectacular, de alguna película oculta de todo público por el cinismo encomiable de lo que se hace por motivaciones de la intimidad: volando, navegando, casi degustando giro a giro el erótico ciclo de arraigo y separación, de contacto fuerte y despegue sudoroso entre el epidérmico neumático y la porosa calentura del pavimento. El momento fue, pues, delicioso. No me puede caber la menor duda de que la dulzura veraniega de la media mañana me hacía el favor de guardar en los oscuros pliegues de la tierra silenciosa las convulsiones de la noche previa.

 Desperté a media madrugada. Mi conciencia, todavía comprometida con los seductores rumbos de la alucinación nocturna, se ocupó de elaborar una instantánea estampa con los pequeños ruidos, los gritos ahogados de motores lejanos, el crujido de la cama, las inquietas arremetidas del gato contra sus presas imaginarias… pero algo cambia: un tic-tac molesta mi encuadre y lo persigo con la vista comprometida, en medio de la oscuridad. Al serme imposible, abandono el lecho con cuidado de no despertarla a ella y sigo mi oído obsesionado hasta la fuente de su tormento. Y entonces lo encuentro: la lámpara modernista que hace colgar el foco de un cuello largo hasta la base, se golpea repetidamente contra el muro. En la hendidura sensorial que parte y copula la vigilia y la fantasía mis pies se convencen de estar bailando para mantener el equilibrio de mi torso que juega a la ingravidez mientras mis ojos medio ciegos persiguen el tintineo creciente de la lámpara y entonces, un paso hacia delante de mi despertar consciente, la luz de la razón me recupera de la embriaguez y admite sin remedio el diagnóstico inevitable: terremoto.

Ella gime y yo permanezco de pie, en el arte del balanceo. Es fuerte… y prolongado… dos condiciones que no suelen coexistir en estos casos.  Los vecinos se escuchan a través del ridículo intento de bloqueo de las paredes, abalanzándose por las escaleras, en seguimiento estricto del ritual del pueblo de los sismos: corriendo, gritando y empujándose seguramente hacia el consuelo de las estrellas, huyendo del amenazante peso de sus propias edificaciones.  Pero ella no despierta y no sé qué es lo que me posee para no despertarla. La observo, mientras ella sueña y gime de nuevo, y aprieta los músculos hermosos de sus piernas contra la almohada que siempre me hace celar, eufemizando su fechoría bajo el argumento del confort. El serpenteo del edificio aumenta de forma preocupante, o resignada, pues ya no serviría de nada intentar correr hacia la calle. Su serpenteo nos traspasa por los huesos y como por metástasis dancística nos inclina a perseguir su trayectoria. Yo bailo de pie y ella serpentea acostada… ¡Apretando más las piernas de epopeya que le regaló el destino contra esa miserable excusa de cojín re-significante! Y el serpenteo aumentaba y yo me vi bailando en el espejo que caía, y ella gimiendo, ya gritando, ya rajando las vestiduras del lecho mientras un empujón de abajo se sentía como sus piernas estirándose debajo de la sábana en que habitamos los mortales.

La intriga que capturó con la mirada mi conciencia entera no reparó en lo que el oído relató después, por reflejo, mientras el temblor iba cesando progresivamente: a mi alrededor, panteón de objetos. Vidrios rotos, libros desperdigados, discos, perfumes que habiéndose fracturado, ofrendaban su mirra a todo el cementerio. Ahora lo veía, pero antes no veía otra cosa que sus piernas. Y ella seguía allí, plácida, soñando, aunque el cese del temblor –el suyo y el de Gaia – habían cesado, revelando con seguridad la fase del descanso. Un fulgor extraño, que salía de la ventana, probablemente sangre eléctrica de algún transformador rajado, echó luces sobre la fotografía de bodas, completamente destrozada… y fue así como el temblor aclaró mi profecía.

-         -  ¿Qué pasó?

-          - Nada. Tembló. Ya pasó. Vuelve a dormir.

-          - ¿Estás bien?

-          - Mañana hablamos.

-          - Mañana…

-          - Duérmete.

-          - Como digas.

Hoy desperté en silencio. Todo estaba perfectamente en silencio. Su nota sobre esa maldita almohada no me molesté en leerla. Los vidrios seguían rotos, a mi alrededor. Tomé la escoba y recorrí en silencio, con suavidad, todo el lugar. Casi todo estaba destruido, y los escombros tenían el aroma de todos los perfumes. Salí de casa y alguna parte de mi programación inconsciente trazó la ruta por mí. Tomé el elevador y le regalé a cuerpo un suspiro sutil. Al bajar, saludé al portero apenas con una leve sonrisa y un pequeño movimiento de cabeza. Tomé mi auto. 
Aquella mañana el silencio fue delicioso, todo el día. Había temblado.

martes, 21 de agosto de 2012

"Vértigo" o Antropología de la Vida























El ateísmo es, probablemente, el camino más duro para la conciencia humana. Resulta muy sugerente si, desde la antropología del cerebro, concebimos la conciencia como un desarrollo evolutivo particular y fundamental de animales superiores, y a la "conciencia humana" como el desarrollo exo-cerebral (simbólico) de la esta funcionalidad y reflexionamos un poco sobre las implicaciones y consecuencias que a nuestra vida diaria acarrea esta necesidad evolutiva. Hablaré aquí de la angustia, de la conciencia de mortalidad, y de un amigo nuevo que no tiene nombre, pero hemos querido llamar "vértigo".

Como antropólogo, en el cierre inminente de la base sólida de mi formación profesional, es necesario que me decida por una caracterización exclusiva del fenómeno humano: ¿qué es lo más propio, lo más básico del proyecto homo-sapiens? Me parece que la inclinación hacia la transformación de sus condiciones individuales, grupales y medioambientales en beneficio de un sinnúmero de "necesidades" (peticiones de bases orgánicas, psicológicas, técnicas, cognoscitivas,  etc, todas las cuales se verían reducidas a implicaciones neurológicas) mediante la utilización conciente de herramientas simbolizadas gracias a la posesión de un desarrollo neurológico sobresaliente gracias a "la vida en cultura", es decir, a la vida en un mundo "simbolizado" y por simbolizar. Así, el hombre es el único ser capaz de crear. La creación (la cual implica una tendencia a instrumentalizar el universo) es la condición diferencial del hombre. La creación implica la posesión de un aparato simbólico como herramienta de organización cognitiva y comunicación acumulativa (pero flexible y siempre cambiante) y transferible e implica, por supuesto, la conciencia.

A su imagen y semejanza, el hombre fabrica otro ser "Creador"; uno que lo gobierna todo y termina las explicaciones donde la angustia es demasiada para lograr un equilibrio mínimo en la dinámica de los sucesivos procesos de integración, desintegración y reintegración sociales. La contundencia y poder de esta necesidad ha hecho de Dios (como concepto) una entidad genuinamente inmortal, imperecedera para la enorme mayoría de la población... en efecto, para todos.

Diversos ateísmos no resuelven la cuestión, sino que la trasladan: hay quien no cree más en un Dios "personificado" y cree sólo en el poder de la "naturaleza" o las "fuerzas impersonales" que gobiernan el cosmos en armonía. He ahí Dios, con otro difraz. O hay quien, entregado a la credibilidad científica, desecha cualquier dimensión sobrenatural y pone en la estabilidad eterna de las leyes físicas la tranquilidad de su conciencia. ¿No hay ahí otro Dios? Es decir, ¿no es ése un modo más "moderno" de superar la angustia de lo inestable?

Aquí comienza a revelarse otro protagonista de nuestra elucidación: la angustia. Uno tiene, forzosamente (so pena de caer en el más lamentable de los misticismos) que preguntarse sobre el soporte neurofisiológico de la tendencia evolutiva hacia la creatividad. ¿Qué es lo que hace que el hombre necesite construir artificios (como el lenguaje) para llenar el mundo de explicaciones y eliminar la incertidumbre? Esta pregunta, podrá verse, equivale a preguntar ¿qué es lo que impulsa a un homínido a construir una herramienta y conservarla? La conciencia permite, en el género homo (por lo menos hasta donde la evidencia en enterramientos ritualizados en hombres pre-sapiens muestra) la conciencia de la propia muerte y el propio sufrimiento. La anticipación del sufrimiento (presente en animales con cierto desarrollo neurológico) es el primer motor de la conducta neurofisiológica que interpretamos como "angustia". Esto impulsó al homo-habilis conservar sus herramientas y a establecer una primera relación posesiva con el territorio: para no tener hambre o frío mañana. El hombre descubre el tiempo: los acontecimientos se suceden, no se inscriben en un dibujo estático sostenido en la lógica de la imagen "impresionista", sino que proceden: aunque muchos patrones se repiten, las cosas cambian. Aunque el arbusto con moras nutritivas presumiblemente seguirá ahí mañana, no estará de nuevo lleno de moras si hoy me las comí todas.
Esto se desarrolló más adelante, cuando el hombre descubre que no existe por siempre; descubre el tiempo y los acontecimientos relacionados con el dolor y el desgaste "se llevan" individuos PARA SIEMPRE. El hombre es, entonces, mortal. Apela a otro mundo: un mundo sobre-natural que viola convenientemente las conclusiones de su observación y en el que la vida, de algún modo, continúa. Pues es impensable, insoportable, que todo acabe allí. Es aún más inconcebible que el recolectar frutos y el sufrimiento de la vida tengan el objeto de "recolectar frutos y después morir". La inmanente mortalidad absoluta es insufrible para la conciencia, porque está evolutivamente inclinada a resolver problemas, a llenar huecos. La angustia del hombre es la fuerza de su evolución. Lo hace moverse y transformarlo todo, hasta la realidad y su interpretación.

La vida no puede ser el sentido de la vida... ¿o sí? ¿Qué pasa si aceptamos esta inmanencia y nos comportamos según la evolución nos lo indica y seguimos la senda oscura que nos abre? Quiero decir: si la angustia nos hace convertir todo en herramienta para superar esa angustia, ¿por qué no convertir a la propia angustia en herramienta? Eso sería... humano. Humanísimo. Hacer de la angustia una herramienta, nos permite vencerla. Integrar al sufrimiento al mundo de lo que tranquilamente "conocemos" y así "dominamos" es seguir el mismo camino que hemos recorrido desde hace un millón de años y llevarlo a sus máximas expresiones. ¿No dijo el budismo que al comprender que la vida es sufrimiento se alcanza la "iluminación", la "superación de la vida" y con ello, la del sufrimiento?

¿Por qué estoy escribiendo todo esto?
Bueno, porque no creo en Dios. Dios está un paso antes de esta otra utopía. Dios es muy terco, muy simplón, demasiado buena onda para coincidir con un mundo sumido en la desgracia. No hay Dios. Esto no es un plan y no estoy destinado a absolutamente nada. Mi futuro es una invención de mi tendencia natural a poblar la experiencia con mis deseos e intenciones. Mi futuro es mío. Y eso significa que no es mío, porque yo no soy mío. Soy un nudo de relaciones: y eso es una metáfora geométrica para no volverme absolutamente loco. Pero... el teatro me ha enseñado, con su sabiduría, el poder de creer en la ficción. ¿Quién puede negarme ahora que el teatro es una de las expresiones más humanas que existen, si he demostrado cómo es una extensión del mismo principio, donde la realidad es también una herramienta para nuestros fines?
No creo en Dios. Pero puedo darme un "sí mágico", para mí. Una subjuntividad consabidamente ficticia y por ello humana. La racionalidad me ha llevado a concluir que voy a morir, que no sé cuándo pasará eso, que no podré hacer todo lo que he deseado, no importa cuánto me lo proponga, y que no alcanzaré jamás la paz absoluta, porque soy homo sapiens sapiens y éste no es el jardín del Edén. Y a mis 24 años, mediante un buen entrenamiento de mi hemisferio cerebral izquierdo y una neurosis obsesiva que me hacen relativamente "lúcido"  para mi etapa vital, me contemplo a mí mismo, mortal. Soy finito. El tiempo pasa y no seré eterno. Tengo una sola vida, porque no encuentro forma de creer en la reencarnación y en esta única vida, en este número indefinido e incalculable de años, o meses... (o segundos) que me quedan tengo que hacer todo lo que voy a hacer "YO", por toda la eternidad, en toda la historia humana y natural.

¡Qué cositas para pensar un jueves por la mañana! Too much... Pero... ¿sabes qué? No suena tan mal. No, de verdad. Viéndolo en retrospectiva, ¿no prefieres saber que son tus padres los que tanto se esforzaron para darte ese juguete costoso en Navidad y no fue una entidad sobrenatural (Santa Claus) un perfecto extraño, que le da regalos a todos y bajo la condición de someterse a un conjunto de reglas de conducta social? ¿Es en serio tan sombrío pensar que cuando un bebé se forma es resultado de una fascinante complejidad evolutiva que permite un desarrollo tan impresionante en tan poco tiempo desde una célula hasta un ser capaz de construir una computadora o una estación espacial? ¿Es tan malo y triste que no lo haya hecho un Dios mágico, tronando los dedos, para jugar con él después como soldadito de plomo? 

Personalmente, la inmanencia me ha brindado mieles más... no, definitivamente no diría que más "dulces": diría más bien que serían miles más aromáticas, más profundas. Mieles que no te hablan de un carrousel sino de tu primer beso. Mieles que saben a mujer que me abraza con brazos y piernas mientras llora de felicidad. Me siento más adulto,  más fuerte frente a la simplicidad de las cosas: sólo tengo una vida. Una sola. ¿Dejaré que se me vaya cuando no tengo la promesa de la vida eterna? ¿Dejaré que el miedo (la angustia) me domine en la inmovilidad cuando sé que de nada me va a servir sobrevivir? ¿Dejaré que el remordimiento me prive de la pasión cuando sé que "obrar según..." no me recompensará jamás y no he de perdurar por ello? No. Haré de la angustia una amiga, siempre presente. Le haré el amor y la dominaré en el acto, para convertirla en cómplice... Y le cambiaré el nombre: le llamaré "emoción" o "excitación", o "espectación". La vestiré con las ropas de esa sensación que siento cuando estoy a punto de salir a escena, convencido de un mundo completamente incierto y feliz de ser parte de algo que se mueve, sin que pueda detenerlo el hastío de lo predecible, como quien, a la orilla del precipicio cae en cuenta, por oposición al impulso de arrojarse, del placer que ha tomado de la vida. Le llamaré "Vértigo", y lo convertiré en mi amuleto.

Tengo que arrojarme al vacío, a lo desconocido, enfrentarlo con todas mis armas, porque no hay de otra...NO HAY DE OTRA: no hay un mañana eterno; hasta ahora caigo en cuenta de la simple cientificidad de aquella frase de que "there's no day but today". Me lanzo, porque soy un hombre, porque no hay otra vida, porque recuerdo que he llorado de felicidad, que he comida maravillas, que le he hecho el amor a la belleza máxima del mundo y que he sido. He sido y tengo la magnífica fortuna de seguir siendo. Por un tiempo. Una vida.

Y nada de esto es extraño a lo que mis ancestros hicieron, hace tanto, cuando el día clareaba y salían de las cavernas a enfrentarse con palos y piedras y heróica bravura a un mundo siempre nuevo.

Este es un tributo que rindo a mi entrañable escuela, la ENAH
a la antropología y su agridulce camino, 
a mi amada Brenda y su orgánica sabiduría
y al Hombre... 

jueves, 19 de abril de 2012

Te conozco


Una última cosa;proviene seguramente de mi obsesión por comunicarme,
pero quiero intentar creer que, de algún modo imposible, te conozco. 


Quiero intentar ver que hay una luz que tu alegría simple despide y que sólo vi una noche. 


Pero que desde entonces me ofrece miles de palabras,miles de aromas,miles de rumores en la sombra que siempre me inspira.Y no existe la generación espontánea


.Algo tienes...
Y ese algo es el viento que me mueve a dar un paso loco hacia ti,a sabiendas de soy sólo un "signo vacío", un par de zapatos chirriantes para ti.
a sabiendas de que no sé nada de tu historia, ni de tu destino,a sabiendas de que mi palabra y mi "presentación externa" te impiden conocerme.
A sabiendas de que los miedos primitivos te prohíben degustarme
.A sabiendas de todo.
Así que no he sido ingenuo,pero tampoco me mueve una razón, ni una proclama,ni un manifiesto. 
Sólo me haces moverme como el viento:sólo hay efecto,sólo espirales en la frescura del aire.Y no puede ser de otro modo


.Y eso me hace feliz.


Tengo que retribuirle a tu existencia el hecho de que me has hecho suspirar más de una vezy el hecho de que eso sea tan deliciosamente inexplicable. ¿No te conozco?


Si pasa mucho tiempo antes de que vuelva a verte,sólo concédeme la gracia de ver en mí algo que ya ha renunciado a toda posible apariencia.Reconozco y declaro ante el mundoque mis palabras son medios groseros para intentar dibujar toscamente lo que tendrían que decirte mis ojos aunque sólo te saludara un segundo, en la próxima fiestay tuviera que dejarte ir lejos, para siempre.


¿Qué podría decir para convencerte de la realidad de mis entrañas?
Tendría que decirte cualquier cosa.
Tendría que decirte:

"Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos hacia tu amigo que ha dado tantos pasos para verte". 

Camino a ti, a tu espejismo. Voy sediento.

Tantos alientos no se arrojan simplemente a la inclemencia del desierto.

Sólo quiero llenar mis palmas con tu talle y tomar el vino que encierras en los labios.Y si no hay oasis, caeré inevitablemente muerto. La mortalidad me da licencia para sostener mi intuición:

quizá el deseo pueda ser conocimiento.

lunes, 27 de febrero de 2012

Nada que decir

- Entonces, ¿es el fin?

- Eso pienso.

- Creo que, en el fondo, siempre supe que este día llegaría.

- Yo no me lo esperaba. Pero lo tengo que aceptar, ¿no?

- Estoy muy cansado.

- Yo igual.

- Nada valió la pena, después de todo. Llegó el día en que no queda nada por decir. Después de tanto esfuerzo, de tantos sueños, de tanto tránsito, tantas piedras acuchillando mis pies... después de todo... ¿Cómo llegamos a este día? ¿Y qué sentido tiene? ¿Cómo continuar a partir de aquí? ¿Quién va a escuchar nuestro silencio?

- Nadie, supongo.

- ¿Y no te irrita? ¿No odias un poco al mundo por habernos traído aquí, por habernos transportado, procesado, alineado, pulido, manufacturado de tal forma que el día de hoy no tenemos nada que decir? ¿No quieres por lo menos abrirte el estómago o abrírselo a alguien más?

- Lo quise. Ya no.

- ¿Qué cambio?

- ¿No caes en cuenta, verdad?

- ¿Qué?

- Mis palabras, mis ideas, mis latidos (aún los tengo) mis actos... no dicen nada. No tenemos nada qué decir. Mi rabia, mi muerte, la muerte de mis enemigos; todo sería mudo, insignificante. Así que vivo. Aún vivo.

- ¿Por qué? ¿Para qué? Nuestra vida tampoco significa nada.

- No. Sin embargo, espero.

- ¿Qué esperas?

- Nada. No tengo nada que esperar. Sólo escucho.

- ¿El viento?

- El silencio. En él caben todas las palabras. Y yo ando corto.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Senilidad Juvenil

[este es un pensamiento que ya no recuerdo cuándo me surgió, y que hallé hace unos días en el bolsillo de una vieja chamarra]

Sintiendo el frío y sórdido silbido
del camino hacia la vejez,
hacia la lucha solitaria que
ya casi nadie alimenta, que
ya casi nadie cree...
encuentro que mis motivos
viven ahora en el "casi"
que llena mis sandalias
de barro seco y pedernal hastiado.
¡Qué rápido empezó el gris
de los días moribundos a
decidir el destino!

Tan de pronto el miedo espeso
lanza guijarros a mi ventana...


de Viktor K.

P.S.: No recuerdo, como dije, cuándo escribí esto, pero me doy cuenta que este extraño pensamiento no ha dejado del todo mi cabeza. Aún me asalta alguna ocasión... cuando siento en la carne temblorosa cómo el tiempo se me escapa como agua entre los dedos. Cuando siento, al ver el crecimiento ajeno, sentimientos inconfesables de algo parecido al arrepentimiento. Eso pasa... y éste no es uno de mis orgullos pero, si puedo preciarme de algo, es de mi sinceridad.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Emoción

Una noche, recordando las vigilias veraniegas de la juventud en lid, los tersos labios de los besos primordiales, los perfumes predilectos del archivo neuronal dedicado a la satisfacción de las fantasías, me encontré superado, sobrecogido por una fuerza interior, desarmado y sin ánimo de afrontar el flujo incorpóreo con su mudo argumento... tomó posesión de mis entrañas este fantasma que llamamos emoción y asumió la administración de mis humores, mis fibras y mis energías... decidió, sin preguntarme, sobre el ritmo cardiaco, la trifulca respiratoria, la tensión muscular y la postura... decidió, sin piedad y sin mesura, convertirme en un danzante de la música oculta, expresión de una sabiduría ni escrita ni traditada, y emisario del sencillo e imponente mensaje que es Su Voluntad indomable. Esto es lo que llamamos emoción... este es el momento en que se hace tan cínicamente transparente la constante intraductibilidad del mundo... ¿Qué decir? Mientras tiembla deleitada y nerviosa la mano que intenta soberbiamente escribir para "recuperar" la autoridad del destino... ¿Qué decir? Mientras el cuerpo exige la caricia última, el beso fundante de todas las historias, el aria monumental de la Ópera perfecta, y la majestuosa sensación previa a la entrada en escena... ¿Qué decir? Cuando se siente el amor inmenso que intercambian sin recato el presente y el recuerdo... ¿Qué decir? Ante la imagen de los labios risueños y húmedos, de la piel dorada por el sol costeño, del café oscuro y perfumado, de la niebla montañesa, de la canción profunda, del baile meta-orgásmico, del vino orgiástico, del secreto delicioso, de la fiesta fúrica... ¡¿Qué decir?!

Decir que hay momentos, nocturnos muchos de ellos, en que la emoción envuelve de tal arte y con tal brío desgarrador, que la razón se hinca, el cerebro se embriaga, el sentido se redunda, la neurosis desmaya y el corazón se agita tanto que augura con temerario dulzor su última suerte... y es bello... en medio del espectral y erótico silencio se dice que... sobretodo... es bello.


de Viktor K.
[en la foto: la adorable Tania Pérez Salas, bailarina..."pasión en movimiento")

lunes, 23 de agosto de 2010

Buscando al Hombre

Me detuve un momento en lo que parecía ser un tendajón. El sol se ponía sobre el semidesierto cuajado a ratos de cactos altivos. Bajé del caballo sin nombre y entré en el establecimiento, no sin antes recibir la mirada intrigada de un extraño. Compré un refresco y salí a tomar el aire fresco a la sombra del pórtico. El hombre que me había mirado seguía empedernido escrutando los linderos de mi faz.

- ¿Qué busca usted, pues? - al fin cuestioné.

- Ando buscando al Hombre.

Su locura me pareció... interesante; la intensidad con la que enunció su proposición, sin embargo, me hizo pensar que tal vez yo fui el primero y el único en considerar el potencial valor de su... atrevimiento, de su... imprecación.

- A ver, ¿Cómo es eso?, oiga.

- Pues es que mire. Yo vengo de por allá, de bastante lejos. Salí de mi tierra por algo que dijo mi mujer... Después de una noche en que le pegué... yo creo que de más, ella me dijo una cosa que me espantó el sueño, que me inquietó, pues.

- ¿Qué le dijo?

- Me dijo, así traqueteada como estaba, espantada, me dijo: "tú no eres hombre... no eres hombre". Ya me había dicho de todo; montón de cosas, pero eso nunca... eso sí nunca. "¡¿Cómo que no soy hombre?!", le digo, "¡A ver si no soy macho, a ver, te voy a enseñar!"... Pero no me va usted a creer... ella me dijo: "Sí, eres macho, pero no eres hombre, no eres humano". Y entonces creí que sabía por dónde andaba la cosa, y que le digo: "Ah, entonces ¿soy bestia, cabrona?" Y que me dice: "No, claro que no... sólo no eres hombre." Luego me fui a acostar... no a dormir, pero me acosté a pensar.
El día siguiente que andaba ella amasando, ya serenada, le dije: "Oye, y entonces ¿quién sí es hombre, según tú?"; "No lo sé", y siguió amasando tranquila. ¿Cómo ve? Esa noche salí de mi pueblo. Ya llevo un rato buscando, busque y busque, pregunte y pregunte.

- ¿Y por qué se lo tomó tan a pecho, hombre?

- Pues mire... Por todos lados que voy, me dicen "hombre". Mi mamacita me decía: "Tú eres hombrecito, tienes que portarte como hombrecito". Y ahora usted, por ejemplo, me dijo "hombre".

Me divertí con esta juguetona "coincidencia".

- Sí, es cierto, le dije "hombre". Pues es que es usted un hombre, señor. ¿Qué va a ser si no? Usted habla, piensa, ama. Usted se ve como yo. ¿Tiene hijos?

- Sí, cuatro. Bueno, y uno que se murió apenas de meses.

- ¿Lo ve? La biología nos enseña que una "especie" es aquella cuyos miembros pueden reproducirse entre sí. Así usted, un hombre, y su mujer hicieron hijos.

- Eso sí... ¿usted es profe, o algo así?

- Algo así...

- Pues mire, sí está muy bien eso de la biología y la ciencia, pero... yo pienso... no creo que mi mujer hablara de eso, oiga. Porque ella es buena, pero no sabe ni leer. Ella no sabe de eso de "especie", ni nada, pero lo que me dijo me lo dijo... bien segura, bien cierta. Ella dice que no soy un "hombre". Ahora ando por todos lados buscando uno. Aunque no sé cómo se vea, ni qué haga, ni cómo hable o camine... ando buscando un "Hombre", uno que mi mujer dijera que es humano, pues. Desde que usted bajó de su caballo me pareció que se ve usted igual que mi mujer, sin ofender... se ve usted igual de seguro, de cierto. Se ve en sus ojos que ha visto mucho y vivido de sobra.

- Algo así.

- Pues por eso... yo salí hace casi dos años de mi pueblo. Salí a buscar al Hombre... y nomás me he topado conmigo... me he encontrado lo que me han dicho todos. Pero no me han dicho nada nuevo. Todo lo que me ha pasado, ya lo sabía yo de mí. Todavía no encuentro qué es eso que mi esposa no encuentra, qué es eso que me dijo tan segura, qué es eso que existe, pero que no ha conocido. ¿Qué es el Hombre? Y si yo no soy hombre, ¿entonces qué soy, oiga? Eso me espanta el sueño todavía, todas las noches. Por eso, como se ve usted viajado, pensé... tiene que haber usted encontrado al hombre. Tiene usted que saber lo que es. Tiene que haberle aprendido a serlo. Pensé que usted es ése hombre que estaba buscando. ¿No quiere venir a mi tierra unos días? Yo lo invito; hay trabajo y comida siempre.

- No, gracias. Tengo que seguir caminando.

- Está bueno - me dijo, muy decepcionado. Bueno, pues cuénteme de usted, tan siquiera.

- No hay mucho qué decir.

- Bueno. Sale, pues. Yo creo que entonces no hay mucho qué decir del Hombre.

Subí a mi caballo, y continué mi camino, dejando atrás a aquel personaje que me pareció un espejismo. De pronto me percaté que no sabía hacia dónde iba... que no recordaba cómo había llegado hasta ahí, ni qué estaba buscando en tantos pasos. Me pregunté, después, por darle alas a la ocurrencia, si, arropado por mi académica arrogancia, no iría yo también, después de todo, buscando lo mismo que aquel viajero.

Fragmento de Un libro que nunca fue
de Viktor Kraskatollin

viernes, 23 de julio de 2010

Demasiado mental


Ardía la resistencia en el diván. Cinco años de terapia, y aquí estábamos, empantanados. Ella sudaba, frustrada, y mascaba nicotina. Rompió el incómodo silencio y arremetió contra mi terquedad:

- Es que eres un paciente demasiado... mental. Debes intentar...- me dijo, yo creo sin saber bien hacia dónde se dirigía su sentencia- debes dejarte llevar.

Respiré profundo... saborée la proposición, pero... algo faltaba. Siempre me falta algo.

- A ver - esculpí mi respuesta - sólo quiero saber que entiendo lo que me dices cuando dices...

- ¡Ajá! ¿Lo ves? Ahí vas de nuevo: quieres "saber", quieres "entender". Sólo estás usando la mente, estás siendo mental. La mente debería de aprender a dejar de... ser la "torre de control", dejarse llevar por los sentimientos, por la pasión.

Me di cuenta del problema y sonreí. En verdad, me sentí mejor por eso.

- Disculpa si te interrumpí - ella prosiguió - pero es que soy una apasionada.

- Sí, yo también lo soy, aunque no suelo dar esa impresión.

- Sí, eres intenso. Pero no sabes dejar de pensar. No te dejas llevar. No te dejas emocionar.

Sonreí bien. Sonreí mucho; no ruidosamente, sino profundamente. En verdad veía el problema.
Finalmente, hablé.

- ¿Qué es la pasión? ¿quién decide?

- ¿Qué?

- ¿De dónde viene el estremecimiento interior que no me ha dejado dormir?

- Ésa no es pasión... es una obsesión.

- ¿Dónde termina una y comienza la otra?

- Bueno... la obsesión es incómoda. La pasión es gozosa.

- ¿Quién decide?

- La convención... supongo - dijo, algo asustada-.

- ¿La convención es apasionada? ¿Acaso no es pasión aquella que te supera, que te domina, que no puedes evitar? ¿De dónde viene el estremecimiento del que comprende algo? ¿Por qué cuando comprendo el problema, cuando veo que aquí nos estamos disputando una palabra y no la realidad, o cuando entendí cómo logran suspenderse las estrellas en sus órbitas... por qué cuando sé algo, cuando entiendo algo, una fuerza estremecedora emerge de mis entrañas y me hace exclamar... "eureka"?

- Pues no lo sé... ¿necesitas saberlo?

- No. Pero me fascinaría, me deleitaría... saberlo me provocaría un éxtasis incontrastable. Puedo ver que a ti no te interesa, porque no te apasiona.

- ¿La obsesión?

- Sí. La obsesión es la pasión de la mente. Y tú eres apasionada... pero no te dejas llevar... no te dejas obsesionar.

Terminó la sesión... la última que mantendríamos. Ella permaneció calmada, taciturna. Miró un pajarillo en la ventana, comiendo alpiste. Y me volvió a mirar. Había una mezcla de resignación y compasión en su mirada. Me recomendó a una colega suya, mujer apasionada, de pocos pacientes y muchas historias... quizá ella...quizá.

A la mañana siguiente, le llamé... por primera vez.


Extracto de Conversaciones con mi psicóloga y amiga
de Vicktor Kraskatollin

domingo, 13 de junio de 2010

Y entonces Te odio, Dios mío

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó" (Génesis 1, 27)

La tierra ha cambiado de piel cientos de veces desde que existo... Pasan los inviernos y las solitarias primaveras y yo envejezco. Hoy lloro confesa de mis debilidades. ¡Yo que siempre me jacté de mis encantos inevitables! Si supiera aquél por el que lloro que hoy, después de todo... la humedad de mi sexo brotó recordando nuestras cálidas noches en Edén. Mi habilidad para el placer me permite extender el perfecto delirio por un tiempo, pero luego... luego miro el solitario desierto a mi alrededor y entonces Te odio Dios mío...

Recuerdo la belleza perfecta de Adán, de su pecho tenso sobre el mío, y el brío del sexo que me hacía perder el verbo bajo la luz de las estrellas envidiosas es un aspecto que no negaré a Tu mano maestra. ¡Gran Artista! Pero el cruel diseño incluye la más absurda y la más cierta de tus cualidades: ¿cómo pretendes que los hombres Te amen a Ti primero, si Tú sufres de la incapacidad de amar a cualquier ser antes que a Ti mismo? Y nos hiciste así... a tu imagen.

Nos hiciste hermosos de la arcilla del suelo y de Tu aliento divino. Pero notaste con terror que tu obra no era igual a ti, sólo era semejante. Con tu poder diste vida... y la vida fue más que Tú.

Recuerdo el día en que desperté por primera vez, al lado de mi mitad.... Fui la primera en abrir los ojos y contemplarlo mientras él todavía dormía. Tú apenas habías soplado Tu aliento sobre nosotros... nos habías dado vida. ¿Y qué esperabas? ¿Que me alzara hacia los cielos alabándote? ¿Querías acasa, Gran Ególatra, que retirara los ojos de ese cuerpo hermoso tendido a mi lado? Quedé atada instantáneamente al amor apasionado por Adán, hecho de la misma tierra que yo... y cuando él abrió sus ojos... nunca olvido el éxtasis profundo de la mirada primordial: desde ese instante... nos amamos.

Huellas en Edén,
de los que nada saben,
de los que todo tienen;
de los que todo son.


¡Ay, Omnipresente! Todo me diste y todo me quitaste. ¡Qué furia la tuya, la que tembló cuando Adán y yo nos amamos más que a Ti! Inmortales y perfectos... las dos mitades que hacían al Todo. Y Tú ya no eras necesario.

Miraste con Tus celos, con Tu envidia, con Tu ira, y así que supiste ponerlos entre nosotros, en el medio de nuestro lecho.

Y yo escribiría en mi Libro la verdad:
"Y entonces puso Dios su mano en el corazón del Hombre. Entonces lo hizo más parecido a Él: sí, lo hizo amarse a sí mismo antes que a nadie. Lo hizo pelear contra su igual para quedarse solo... solo, a semejanza de Dios..."

Cuentan que peleamos por estar arriba... el nuevo Adán, el hombre solo, se amaba a sí mismo más que a mí... ya olvidaba que éramos la misma tierra... El nuevo Hombre no quiso Mujer, sino sierva... y éramos uno mismo... de pronto, yo también estaba sola... también me amaba solo a mí.

Después... qué placer... Tú sabes cómo Te seduje... Tú sabes cómo te arranqué Tu nombre de los Labios... Tú sabes que huí del Paraíso para estar sola... Y no Te olvidas de la hermosa Eva... de cómo traté de hacerla libre mostrándole sus propias maravillas. De cómo ella, costilla de Hombre, no tuvo la fuerza contra Tus horrores.

De lo que sigue... no queda mucho. Tenía la nece[si]dad de Decírtelo, porque siento que Tu esencia inmortal ya se va agotando en mí. Creí que Debías saber, Dios mío, que ¡no triunfaste! Creí que Debías saber, Tú que todo lo sabes y a la ves no quieres ver, que ¡no lo conseguiste! Porque aunque el orgullo imbécil que pusiste en mí para hacer que el hombre Te necesitara, me impidió regresar al lado de la mitad que Me arrancaste, no alcanzó a agotar el amor loco que todavía me hace gemir por la pasión de Adán que me posee en ese mundo "libre" donde quiero creer que Tú no alcanzas: el mundo de los sueños, donde todavía siento sus muslos presionándome, donde todavía siento su hombría profanándome, donde todavía siento su amor incendiándome, en los espacios geniales y deliciosos donde puedo creer felizmente que no Existes, y que sólo estamos el Hombre y yo, en la perfecta tautología de hacernos lo que somos... amándonos, llenos de luz y sudorosos, en el perfecto centro del cosmos.



Fragmento del Génesis de Lilith

de Viktor K.

jueves, 6 de mayo de 2010

[in]dividuación....

"Corazón partido" diagnosticaban los antiguos para ese extraño estado en que me encuentro yo.
¿Qué tan frecuente será mi condición? Absolutamente incapaz de decidir con certeza.

Cuando me preguntaste... aquello... sólo ejercité mis nociones estadísticas: brindé una respuesta cualquiera, "normal", aceptable para ti y para cualquiera que me escuche, sí... pero sin sustento. La verdad es que ¡no sé! ¡¿Cómo quieres que yo sepa cuál es mi libro favorito en todo el mundo?! ¿Qué significado tiene eso? ¿Cómo puedo medirlo? ¿En dónde busco el índice que lo señale?

¿De verdad alguien ha encontrado la solución a mi conflicto? Atrapado entre tantas versiones de mí mismo: ¡mira de cerca la genuina angustia y te bastará para destrozar el mito del individuo!

¿Quién dijo que "yo" soy un objeto? Por lo pronto hay muchos yo: ésos en quienes me he transformado... ésos en quienes quieren transformarme... y ésos en los que quiero transformarme yo.

Todos me llaman loco... tan seguros de tener la respuesta a un asunto que les parece "evidente"... tan temerosos de hacerse las preguntas que yo, por mi locura, no puedo evitar, y cuya imposibilidad de respuesta me golpea en la cara, inmisericorde: ¿Quién soy? ...¿Qué deseo?... ¿Y cómo, me pregunto, cómo puedo saber algo así?

Hay problemas para los que se está más que solo, porque no se cuenta ni con uno mismo.

lunes, 19 de abril de 2010

Ser y seguir siendo


Aquí viene otra vez la misma brisa... y no es la misma... Buscando su retorno eternamente a un momento que se escapa tan deprisa.

Quiere ser piedra que congele las caricias que le roba furtivo al firmamento,
quiere ser suelo en cuyas huellas verifique sus palabras y su cuerpo.

Quiere volar y conquistar su anhelo, quiere planear los aires arrastrando, sin embargo, el oneroso espectro, la renacida carne del recuerdo viejo.

Quiere, sin poderlo, ser y seguir siendo
cuando una nueva herida, da en besos la evidencia
de cómo se ha comido el tiempo al tiempo.

martes, 19 de enero de 2010

Neuronas


Me ha fascinado a tal grado el estudio del cerebro, que tiendo a construir la metáfora raíz de que somos neuronas. Creo que las neuronas buscan fundamentalmente a otra neurona. ¿Cómo podría entenderse un axón sin las dendritas de un núcleo ajeno?

Esto no es poesía "convencional". Pero uno no tiene que ser un genio para saber que lo convencional no está precisamente en el centro de tu corazón.

Pues bien, me preguntas del arte y yo tengo una curiosidad: de algunas formas de sinestesia nacen poderosas fuentes de arte. Algunas neuronas de un aparato sensorial se mezclan con las de otro... no deberían, pero lo hacen. Hermosa transgresión que crea nuevos caminos. El cerebro y sus neuronas buscan toda su vida la manera de completarse, ya sea con neuronas vecinas o imposibles, o con símbolos, misterios y fantasías. Y acaban generando en nosotros lo que tanto buscamos, eso de lo que yo siempre tengo apetito y la razón por la que puedo y quiero devorarte como tú y yo sabemos hacerlo: lo que esas células hallan entre sí es significado. Por eso digo que somos neuronas. Me significas cada día más... y me has hecho a mí significar. Me arriesgaré a decir que eso es, en gran parte, amar.


de Víctor Kraskatollin

lunes, 4 de enero de 2010

Elogio de una anti-estructura




En medio del barullo insoportable de aquella vecindad de locos, aquél que había despertado, tan repente, del letargo de sobresaltos ininterrumpidos gritó tan fuerte, que por primera vez en mucho tiempo hubo algo, en ese pequeño mundo, que ya se extrañaba: contraste.

Pocos momentos después, alguien apagó la televisión y hubo angustia...
alguien apagó el radio y hubo silencio...
alguien apagó los gritos y hubo miradas... ya sólo se oían los latidos y las respiraciones.
La tremenda desnudez que repentinamente se apoderó de todos, y que duró apenas unos segundos, pareció una eternidad que cambió para siempre sus procesos.

Y antes de que el apartamento volviera al gris maquinal de los días que pasan flotando, este loco del que les hablo escribió unos versos, besó a una mujer imaginaria (o recordada), y por primera vez empezó a dar cuenta consciente de las palabras que pronunciaba... y nunca volvió a ser el mismo.

Sin duda ahora
hablaba menos,
escribía más,
le entendían menos,
y decía más.


de Víktor K.
(el cuadro es Ruptura de la entrañable Remedios Varo)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Seis labios (hai-ku)


Fiesta de manos

en la tercia de cuerpos

bailan los labios


jueves, 17 de diciembre de 2009

Eso es pasión


Creo que esa noche ella no tenía muchas ideas para la sesión, y decidió dejar que yo fluyera, así que empezó contándome su anécdota:

- Sabes qué, el otro día fui a la boda de mi excuñada. Me invitaron, ¿tú crees? El hecho es que pudimos platicar a gusto, resolver las cosas. Sentí mi círculo completo con él, pero sentí una mezcla de arrogancia y pedida de ayuda...como presumiendo el sufrimiento.

- Ah, detesto esa estrategia – dije. La conozco bien.

- ¿Sí? ah, me cuesta trabajo sobrellevarla. Pero mi formación me da herramientas para aceptarlo todo – rió con su risa coqueta, poco profesional, pero tan dulce. Es curioso – prosiguió – cómo las “teorías” cambian tu interacción cotidiana.

- Ah, ya sé, eso pasa y es preciso que suceda. Creo que es sano que la ciencia impregne a la vida en la medida en la que el cerebro lo soporte. Por lo menos el de unos cuantos locos como tú y yo. Creo que la coherencia es irresistible. Queremos ser coherentes entre lo que sabemos y nos convence, y lo que hacemos... para actuar con “sustento”, con realidad, con... libertad. No puedes decidir nada sin saber nada, al menos no más que un paramecio. ¿Y estás contenta con la cientificidad de tu cotidianeidad?

- Sí, la verdad sí. Dicen que los psicólogos somos los que más necesitamos terapia – esta vez reí yo pero ella continuó -. Ahora entiendo... si uno va a preguntar algo para “ayudar”, debería preguntárselo antes uno mismo... Incluso, he practicado algunas cosas para experimentar... He tentado un poco al delirio, me he embarcado más de una vez en la odisea hacia otras vidas, para poder hablarles, para escuchar lo que las palabras tienen que decir... y aún falta tanto que... a veces tardo mucho en dormir, saboreando las preguntas en mi cabeza, pensando, sin descanso, en el pensamiento.

Conmovido por fin por esa emoción sublime, propia del científico empedernido, respondí:

- Eso es pasión, chérie, tú entiendes.

Y entonces, empecé a hablarle sobre el placer de mis obsesiones.


Fragmento de Conversaciones con mi psicóloga y amiga
de Víctor K.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Sed

Debes tratar de serenarte y comprender que... me es muy complicado explicar por qué te elegí a ti, que me eres tan entrañable. Eres dulce, suave, absolutamente tersa. ¿Qué clase de monstruosidad ha crecido dentro de mí que permita este espantoso ánimo por el cual entre más bella es la faz, más me place el banquete?

Sé que fuiste amable, adorable verdaderamente, querida. Dentro de este corazón - que, aunque no late, se mueve - yace la certeza de que ello debíase no sólo a tu solemne obediencia como criada, sino a la disposición gentil de tu cortesía, de tu piadosa generosidad. Es más, si yo me atreviera demasiado podría pensar que esas profundas miradas, esos delicados flirteos que me dirigiste expresaban... amor. Pero, en retrospectiva, ahora que conoces a la bestia que está dispuesta a borrarte para siempre por la mundana necesidad del cuerpo y de mi alma condenada, te pregunto ¿me es posible hablarte de amor en la antesala de la muerte?


Pero trataré de responderte. ¿Por qué a ti? Entre todas las mordaces verduleras que en mis dominios me fastidian y que han engordado tanto para abundancia de mis festines, ¿por qué a ti? La dulce, la preciada criatura... ¿por qué a ti?


La mayoría de los monstruos como yo se excusarían con la primera y natural consecuencia de nuestra vida eterna: el tedio. Pero yo no. Yo no conozco esa despreciable sensación, y considero que es propia de seres de breve entendimiento. En verdad te digo que me complacen los sencillos brotes de peculiaridad de cada día. Por eso me fijé tanto en ti. Pero no sé cuándo comenzaste a serme apetecible.


Sólo se me ocurre que, a mis novecientos cincuenta y tres años, soy tan viejo que la bestia dentro de mí probablemente se civilizó, y se dio cuenta de que lo único civilizado para ella es autodestruirse... Y destruyendo todo mi placer, todo mi sentido, todo mi...sentimiento, me destruiré por completo, y en cualquier arranque de cólera enloquecida saltaré del precipicio. Soy una bestia maldita. El universo quiere mi extinción, la necesita. Soy una forma en la que la naturaleza se autoflagela, cuestionándose a diario la sinrazón de mi existencia. Por eso el orden de mi conciencia retorcida no puede ser otro que el deseo de destuirme.Y por eso he de romper con todo lo que me ata al mundo. Y, ahora que lo preguntas, pienso que yo ansío tu sangre desde que me di cuenta que te amaba.


Ése es el enorme, el inmenso significado que quiero regalarte antes de deleitarme y torturarme bebiendo hasta la última gota de tu roja delicia: tu misión en la vida... no, más bien, la misión de tu muerte, será devolver el cosmos a su eterna armonía.

Así que ven, delicia mía... no esperemos más.


Fragmento de Un libro que nunca fue
de Víctor Kraskatollin

martes, 22 de septiembre de 2009

Mescalina


"Estaba en viaje sin rumbo, hasta que te vi..."

Fue lo primero que le escuché decir, mirando a la ventana, al vacío, perdido como siempre en el delirio que había hecho rendirse a tantos colegas. Pero alguien tenía que admitir que había algo fascinante en este individuo que, lejos de sus lapsos perdidos, parecía siempre satisfecho. En mi misión se apareció un preciado objeto:

- Éste es su diario - me dijo la enfermera. Lo escribió antes de... tomárselo.

Como todo hombre ocupado, supe hallar pretextos para distraerme del peligro entrópico que impregna a las obsesiones y pasaron varios días durante los cuales la cubierta seductora de ese cuaderno mullido supo resplandecer sobre mi escritorio. Hasta que un día el teléfono dejó de sonar, y sucumbí...

"Hube caminado tanto, tanto. Hasta que alguien se atrevió a pronunciar el umbral de tu morada: jículi, jículi. La Rosita de luces. Caminé sobre el paraje abandonado, el que parece abuelo de todos los desiertos, allá pasando El Real... y Él me llamó, de entre las rocas. Fui el primero en encontrar su mundo. Y después del treceavo gajo de sus carnes sapientísimas, el camino de las luces se iluminó y me abrió paso a otro viaje, donde nacen las preguntas y se funden las paredes hasta que el vacío no es nada."

Desde las primeras líneas presentí que se trataba de algo distinto. ¿Distinto para quién? Un caso más de transtorno por sobredosificación no es realmente nada que haya podido convencer a los demás de quedarse en el caso. Dicen que en el diagnóstico hay más de uno mismo que del paciente.

Aunque es una técnica más o menos heterodoxa, a nadie le importaba ya. Es como si su "madurez" lo hubiera separado del estado infantil de la mayoría de sus compañeros, haciendo de él alguien "no necesitado" de las recurrentes atenciones. Él lavaba sus dientes, comía, y se hacía cargo de sus inmundicias de forma limpia, eficaz... diría yo que automática. Y una vez concluídas sus labores, volvía a la ventana, o al techo, o a uno de esos espacios donde se dedicaba fundamentalmente a musitar... y a sonreír. Así que decidí leerle algunos pasajes de su propia pluma:

"La primera vez que te vi estabas cosechando crepúsculos en tu canasto. La lluvia de calor recién había cesado y estabas empapada en las manos de tus fantasías. Y entonces supe absolutamente todo de ti. La iluminación de que mi estado me dotaba me permitió ver todos tus rincones, y me regaló el poder, que sólo se tiene en sueños, de contar la vida en el orden deseado. Decidí saltar los días de humor e hipocresía, en los que hubiera tenido que fingir largamente que mi cuerpo no estuvo desde el principio absolutamente inclinado a devorarte. Decidí saltar esos días y llegar al momento dulce entre tus piernas en que escuché tus palabras convencidas. Me enamoré sin remedio de tu voz de colores, de tus ojos de voz, de todos tus rincones, en ese mundo extraño del jículi embustero. Recuerdo nuestra vida juntos, ésa donde vivimos a pesar del tiempo."

No sería exacto decir que en esa ocasión se percató de mi presencia. Pero puedo pensar que se percató de mi existencia. No fue mi voz sino mis palabras las que le provocaron mirarme y sonreír por un breve instante. Ese instante significó un momento de éxtasis, la desembocadura de mi fijación obsesiva por el misterio de este hombre feliz.

Ya estaba dormida cuando llegué a casa. La miré, libro en mano, y al recostarme besé su espalda. Tuve una terrible necesidad de despertarla. Una extraña inquietud dentro de mí no se callaba, pero no decía nada, sólo gritos en la oscuridad. Y por respeto a su sueño, guardé silencio y dormí.

Los días que siguieron me ocuparon nuevamente, dándole respiros a mi tendencia a ser coherente. Sin embargo, el tamborileo mudo del librito inconcluso, y el número de su habitación en mis paseos por el pasillo impidiéronme salir del enredo. No sé cómo habré estado hablando en la hora de la comida mientras todos me miraban atónitos. No sé bien qué dije, pero todos me aconsejaron tomar vacaciones. Por supuesto, sólo reí a carcajadas.

"En cualquiera de esos instantes, vi una lágrima de mercurio verde y negro corriendo por tus mejillas. Era adiós que me decías, cuando el suelo comenzó a hacerse sólido y las sábanas de luz recobraron su aspereza. Me hallaba otra vez en el suelo del desierto. Diez horas, todos me decían. Que diez horas, todos insistieron. En diez horas, yo les digo, no se ama. Para diez horas no se sufre, no se peca, no se respira. Por diez horas no se deja al olvido lo que por primera vez, y en otro mundo, se sintió cierto. Si no es verdad el color de tu sonrisa, no es verdad el tiempo. Si no es real el sudor de tus cobijas, no es real la arena del desierto. Si no es cierto el calor entre tus piernas, diré simplemente que yo no soy cierto."

Casi callé. Casi callé cuando miré que él lloraba. Casi callé, pero no pude, porque estoy empezando a convencerme de que de algún modo es mi misión imprescindible terminar la lectura. Y lo que casi me hizo callar no fue algún resto de mi compasión humana que suele uno aprender a mitigar en la escuela de medicina, sino la constatación de que lloraba de alegría. Lloraba como quien ve las fotos de la infancia o las de la feliz boda de su hija. Y entonces, después de mirarme por segunda vez... tocó mi hombro.

Llegando a casa, sólo encontré la nota. Sabía que algo andaba mal desde hace tiempo. El calor del otro lado de la cama era omiso. Ya no estaban ni su ropa, ni sus cosas, ni su olor, sólo la nota. Y toda esa noche la pasé a la mitad. Roto, menguado. A la mitad. La pasé despierto, con temor de abrir las páginas de nuevo. Temor a leer las razones profundas de un hombre que superó al orden de las cosas para ser feliz, y pasar día y noche satisfecho, mirando al vacío donde él ve un mundo. Pero el temor se volvió absurdo a las tres de la madrugada. Y volví al otro día con un saco de preguntas.

"No sé cómo explicarlo, pero hay un "allí" donde te encuentro. No sé cómo describirlo, porque las palabras de este mundo no sirven para hablar la lengua de tu cuerpo y de nuestra cabaña hecha de plumas y de crepúsculos tejidos. He de embarcarme en la terrible travesía por hallarte, porque ahora empiezo a recordar que no entender nada es la condición sincera de la vida. Nunca entendí realmente nada de este mundo. ¿Por qué debo entender a "dónde" es exactamente que te iré a encontrar? Si lo único que se ha sentido cercano a la comprensión, es el beso que dejé tatuado en su vientre con luces y cintilaciones rebosantes de color. Que esta pócima sea el remedio, para volver a tu cuerpo complacido, para que este tiempo que he estado sin ti sea, a todas luces y bajo cualquier lógica, el momentáneo delirio de un segundo. Me embarco a tu reencuentro, al viaje del despertar profundo."


Trataron de sacarme de su habitación cuando mis gritos inquisitivos se oyeron en todo el piso. Pero atranqué la puerta, y supe defender los pocos minutos que tenía para encontrar sentido. Lo miré suplicante, y lo tomé de los hombros, gritando ya sin palabras los gemidos desesperados del chimpancé o del niño que tiene en su cerebro el irrenunciable impulso de salir para encontrar en un universo extraño el mismo calor oscuro del vientre maternal. Y antes de que lograran amordazarme, antes de que me trajeran aquí para encerrarme, logré hallar la fórmula que concedía todos mis deseos cuando el arrojo triunfante de mi espíritu enloquecido me permitió tomarla en serio:

- Es hora- me dijo. Ten un frasco. Vámonos.


Fragmento de Un libro que nunca fue

de Víctor Kraskatollin



domingo, 6 de septiembre de 2009

Frente al Adversario


El Adversario me miró con terrible saña, con esa que lo hace odioso y de la que tanto se jacta, y tomó la palabra para dar por fin explicación de una reunión que por otra cosa no tendría sentido:

- Te he llamado - díjome - para hablar; para hablar de una buena vez de cómo acabar con tu aflixión derrotando a tu Enemigo, a Aquél que vaporiza el sentido de tantos de tus partos doloridos. A ti, serpiente bella, he venido en búsqueda de un alma amiga. De un alma hermana, porque somos tú y yo finalmente de la misma calaña. Y de una cosa cierta y sagrada estamos convencidos: de que Su muerte será para nosotros el fruto delicioso, el banquete preferido. En Su altar levantaremos nuestro espíiritu herido, y en Su sangre nos bañaremos para alabar Su olvido.

- Pobre viajante iluso de entendimiento errado - dije con mi voz más atractiva. No ha de ser tu lengua la que pronuncie mis designios. Deja de hablar de lo que poco entiendes, y no convides un baile que no es de mi tonada y ni siquiera existe. Yo no soy como tú, querido amigo.

- Es posible afirmar que la hembridad es la perdición del raciocinio. Dime, en qué mundo, en qué sentido, no es tu odio tan profundo como el mío.

- Bajo cualquier cielo, tu odio no es el mío. Y es por eso que no quiere escuchar tu oído y que tu cabeza no quiere para nada dejar un lugar limpio para que yo hable por mí misma. No puedo negar que a nadie odio más que al Altísimo. Sus manos - si las tuviera - escurren cada día con la sangre de mis hijos. Y en Edén, cuando hube cobrado lo que me correspondía, en el placer de Eva, mi dulce compañía, me maldijo con su fuerza de por vida. ¡¿Cómo no he de odiar al que mata cada día a una centena de los que en mi vientre engendra la lujuria de sus crías?!

- Y aún así, no deseas destruirlo. Aún así no te unes a mi furiosa melodía... ¿Será que la vejez ha conquistado el viejo fuego que en tu vengativo corazón ardía?

- ¿Quién es viejo, Luzbel? Viejo es quien cambia sin correr en la misma dirección del cambio. Yo siempre he sentido entre las venas el fuego del que hablas, del que pende mi carrera. Y el terrible estupor que no se apaga, ha cambiado mis entrañas tantos años, que lo extraño cuando no corta mis llagas. Ha cambiado ese extraño amor por mi venganza. Y he sabido quién soy en el recorrido. Porque mucho, Luzbel, mucho he corrido. Más de lo que ven de tus ojos las llamas. Pero he sabido quién soy, porque he vivido. He estado en Edén, y he probado sus vinos. He parido con fiereza el fruto de los vivos, tras sembrar en mis entrañas de sus cuerpos los fluidos. Cuando sueña el hombre con el paraíso, yo he sabido robar el pedestal y regalar placer a santos, pecadores y benditos. Y he sido mujer más de lo debido. Yo he vivido, he amado y he sufrido y he matado. Y por todos los frutos de mis ramas caídos, y por toda la sangre de mis hijos vencidos, por los lilings valientes y el perfecto gemido, escucha en medio de tu corazón al rayo atronador que sea mi grito ¡Yo soy yo, Luzbel, y no tu mito!...Por eso tu odio, Adversario, querido amigo, por eso sencillamente tu odio no es el mío. Mi odio es amor por lo que he venido a ser. Yo odio por ser palabra pronunciable por mi amor y por mi ira, por la tumba y por el nido, por mis pasos, y delicias, por mis soñadores, por mis delitos. Yo he odiado, por ser, al que no quiere admitir mi ser. Tú, en cambio, ¡tú Lo odias porque quieres ser Él! Tú lo odias porque no quieres existir...porque no quieres vivir, no quieres apestar, fornicar, ni fenecer... A tal grado Él quieres ser que hasta tu odio por Él se ha vuelto odio por ti...si fuera por ti, tú no querrías existir... si fuera por ti, tú no querrías ser. Y ahí encuentro otra feliz disparidad: yo no he sabido, como tú tener piedad.

- ¿Piedad?

- Tú, que ansías con destruirlo, no has podido ver en tu deseo cumplido un acto de piedad, de misericordia por Él que no se la ha permitido. Si miras como yo, dentro de sus ojos, la infinita tristeza del futuro, entenderías por qué Su destrucción sería un piadoso acto de bondad. La fuente de su ira, del rencor que nos reserva, tortura de su vida, que mi furia no dispensa, es para su triste corazón la vida eterna.

- Creo...que ahora veo.

- Cuando estuve en Edén, retosando con la bella mujer, hubo una rama de la que pude comer, y así habría terminado la miseria de Yahvé. Soy, ante todo, la que aquél momento fue. Porque decidí ser. Di a mi dulce compañera del otro fruto, el del saber. Y fue cuando se vio desnuda y humillada, y aterrada corrió a convertirse en la mujer. Le di un regalo: la vida. Le di el dolor, la angustia, la agonía...le di en la oscuridad del sueño la promesa del fin de sus días. Le di el ansia, el afecto, la pasión, la alegría. A mi Adán le di una nueva compañera; le di la tentación, la esperanza y el lecho para descanso de sus días. Yo rompí algo en la eternidad que Él profería. Rechacé la vida eterna porque de haberla bebido, me parecería a él. El Pequeñuelo Eterno sabe que no mentía, y que no estaba siendo cruel. Eligiendo el final destruí la apatía, la roca, la desidia. Por eso no soy como tú. Porque mi lucha contra Él es que di vida. Verdadera vida di al hombre que en el mundo muerto de la eternidad, en el fondo aún era de arcilla.

Cada día que sufro agradezco a mis pasos la alegría de no ser Él, de no estar mudo, iracundo y aterrado en la promesa marchita de lo que alguna vez fue Edén. No sé quién soy yo Luzbel, soy tu decepción, soy de Eva la ilusión, soy la muerte, soy el sueño y, los que sueñan con mi amor, te jurarán que, entre mis piernas conocieron la pasión. Y entonces, en realidad no sé quién soy, y no soy Quién, para tornar esa pregunta en una vida de obsesión... pero no soy tú...y por mi vida, por mi incierta, mi adorada y mi finita vida, no soy Dios.

Fragmento del Génesis de Lilith

de Víctor Kraskatollin

lunes, 31 de agosto de 2009

Por eso no olvido


Comencé la sesión como quien halla placer en la necesidad. Hablé primero y ella escuchó:

- Me he cansado mucho mentalmente... He deseado dormir por diez días con una fuerza que ni te imaginas...por diez días o hasta por diez años!¡Quién fuera vampiro!...a veces los entiendo tanto

- El cansancio... ¡cómo nos limita!

- Sí. Porque es cierto que los vampiros tienen una ligera ventaja...tienen toda la eternidad para volver a empezar.

- De alguna forma, creo que sí. Si es que tambien pasa lo mismo con su memoria...

- Bueno...algunos lo logran, pero es muy muy difícil. Sé que trescientos años de práctica te dan ventaja, pero cómo lograr la "dismnesia" perfecta, la selecta, la volitiva...

- Oh...

- Sabes, recuerdo un programa [...] era lindo, aunque se hizo tedioso. El hecho es que la protagonista era una creación artificial del ejército diseñada para ser el soldado perfecto y una de sus habilidades era borrar selectivamente su memoria en caso de que la atraparan, pero en un capítulo lo hace para olvidar una pena. Me hace pensar...¿realmente quiero olvidar? Creo que a mí no me queda. Pero tampoco permanezco en el recuerdo...la verdad no lo podría hacer aunque quisiera.

- Bastante equilibrado. Me pregunto qué es lo que nos hace olvidar. Es tanto irrelevancia como dolor.

- Creo que somos económicos, pero tal vez eso prueba que la economía no es racional en todos los aspectos, sólo siempre desde un solo punto de vista. Quiero decir, creo que nuestro cerebro no quiere realizar un gasto neuronal excesivo. Así que, basado en cuestiones sobretodo no-racionales (pero no irracionales), sobretodo emotivas, selecciona "lo que sirve". En un sentido es racional: economiza...pero en otro es no-racional: selecciona por los afectos y emociones.
Ahora, el dolor... me parece que sobretodo podemos admitir que el dolor sirve. Sirve racional y no-racionalmente. Tanto nos salva del fuego como nos hace poetas magníficos. Si el dolor "sirve" tanto, si salva vidas y gana admiradoras al trovador, ¿por qué el cerebro lo selecciona a veces como "dispensable"? ¿Por qué lo olvidamos? Además olvidamos sólo algunos dolores,no todos. Así que desde un aspecto eso es racional, porque nos libramos de los "dolores inútiles"
pero nuevamente, ¿por qué "inútiles"? ¿Será sólo porque los "útiles" nos dan la compasión de los demás, pláticas interesantes, poemas bonitos y un look tipo "condesa"? ¿O es que hay parte indispensable de lo que somos en esos dolores? Y sin embargo... parece que se ha descubierto, que mucho de lo que somos es lo que no sabemos que somos...
A mí me parece que rescatar de algún modo los dolores olvidados tiene mucho que ver con la superación de las represiones, y con el despegue de nuestras capacidades. Y entonces, ¿por qué el cerebro las olvida? Somos económicos, pero eso no es racional. Es como una "economía afectiva".

- Exacto.

- Por eso no olvido.


Fragmento de "Conversaciones con mi psicóloga y amiga"
de Víctor Kraskatollin