martes, 21 de agosto de 2012

"Vértigo" o Antropología de la Vida























El ateísmo es, probablemente, el camino más duro para la conciencia humana. Resulta muy sugerente si, desde la antropología del cerebro, concebimos la conciencia como un desarrollo evolutivo particular y fundamental de animales superiores, y a la "conciencia humana" como el desarrollo exo-cerebral (simbólico) de la esta funcionalidad y reflexionamos un poco sobre las implicaciones y consecuencias que a nuestra vida diaria acarrea esta necesidad evolutiva. Hablaré aquí de la angustia, de la conciencia de mortalidad, y de un amigo nuevo que no tiene nombre, pero hemos querido llamar "vértigo".

Como antropólogo, en el cierre inminente de la base sólida de mi formación profesional, es necesario que me decida por una caracterización exclusiva del fenómeno humano: ¿qué es lo más propio, lo más básico del proyecto homo-sapiens? Me parece que la inclinación hacia la transformación de sus condiciones individuales, grupales y medioambientales en beneficio de un sinnúmero de "necesidades" (peticiones de bases orgánicas, psicológicas, técnicas, cognoscitivas,  etc, todas las cuales se verían reducidas a implicaciones neurológicas) mediante la utilización conciente de herramientas simbolizadas gracias a la posesión de un desarrollo neurológico sobresaliente gracias a "la vida en cultura", es decir, a la vida en un mundo "simbolizado" y por simbolizar. Así, el hombre es el único ser capaz de crear. La creación (la cual implica una tendencia a instrumentalizar el universo) es la condición diferencial del hombre. La creación implica la posesión de un aparato simbólico como herramienta de organización cognitiva y comunicación acumulativa (pero flexible y siempre cambiante) y transferible e implica, por supuesto, la conciencia.

A su imagen y semejanza, el hombre fabrica otro ser "Creador"; uno que lo gobierna todo y termina las explicaciones donde la angustia es demasiada para lograr un equilibrio mínimo en la dinámica de los sucesivos procesos de integración, desintegración y reintegración sociales. La contundencia y poder de esta necesidad ha hecho de Dios (como concepto) una entidad genuinamente inmortal, imperecedera para la enorme mayoría de la población... en efecto, para todos.

Diversos ateísmos no resuelven la cuestión, sino que la trasladan: hay quien no cree más en un Dios "personificado" y cree sólo en el poder de la "naturaleza" o las "fuerzas impersonales" que gobiernan el cosmos en armonía. He ahí Dios, con otro difraz. O hay quien, entregado a la credibilidad científica, desecha cualquier dimensión sobrenatural y pone en la estabilidad eterna de las leyes físicas la tranquilidad de su conciencia. ¿No hay ahí otro Dios? Es decir, ¿no es ése un modo más "moderno" de superar la angustia de lo inestable?

Aquí comienza a revelarse otro protagonista de nuestra elucidación: la angustia. Uno tiene, forzosamente (so pena de caer en el más lamentable de los misticismos) que preguntarse sobre el soporte neurofisiológico de la tendencia evolutiva hacia la creatividad. ¿Qué es lo que hace que el hombre necesite construir artificios (como el lenguaje) para llenar el mundo de explicaciones y eliminar la incertidumbre? Esta pregunta, podrá verse, equivale a preguntar ¿qué es lo que impulsa a un homínido a construir una herramienta y conservarla? La conciencia permite, en el género homo (por lo menos hasta donde la evidencia en enterramientos ritualizados en hombres pre-sapiens muestra) la conciencia de la propia muerte y el propio sufrimiento. La anticipación del sufrimiento (presente en animales con cierto desarrollo neurológico) es el primer motor de la conducta neurofisiológica que interpretamos como "angustia". Esto impulsó al homo-habilis conservar sus herramientas y a establecer una primera relación posesiva con el territorio: para no tener hambre o frío mañana. El hombre descubre el tiempo: los acontecimientos se suceden, no se inscriben en un dibujo estático sostenido en la lógica de la imagen "impresionista", sino que proceden: aunque muchos patrones se repiten, las cosas cambian. Aunque el arbusto con moras nutritivas presumiblemente seguirá ahí mañana, no estará de nuevo lleno de moras si hoy me las comí todas.
Esto se desarrolló más adelante, cuando el hombre descubre que no existe por siempre; descubre el tiempo y los acontecimientos relacionados con el dolor y el desgaste "se llevan" individuos PARA SIEMPRE. El hombre es, entonces, mortal. Apela a otro mundo: un mundo sobre-natural que viola convenientemente las conclusiones de su observación y en el que la vida, de algún modo, continúa. Pues es impensable, insoportable, que todo acabe allí. Es aún más inconcebible que el recolectar frutos y el sufrimiento de la vida tengan el objeto de "recolectar frutos y después morir". La inmanente mortalidad absoluta es insufrible para la conciencia, porque está evolutivamente inclinada a resolver problemas, a llenar huecos. La angustia del hombre es la fuerza de su evolución. Lo hace moverse y transformarlo todo, hasta la realidad y su interpretación.

La vida no puede ser el sentido de la vida... ¿o sí? ¿Qué pasa si aceptamos esta inmanencia y nos comportamos según la evolución nos lo indica y seguimos la senda oscura que nos abre? Quiero decir: si la angustia nos hace convertir todo en herramienta para superar esa angustia, ¿por qué no convertir a la propia angustia en herramienta? Eso sería... humano. Humanísimo. Hacer de la angustia una herramienta, nos permite vencerla. Integrar al sufrimiento al mundo de lo que tranquilamente "conocemos" y así "dominamos" es seguir el mismo camino que hemos recorrido desde hace un millón de años y llevarlo a sus máximas expresiones. ¿No dijo el budismo que al comprender que la vida es sufrimiento se alcanza la "iluminación", la "superación de la vida" y con ello, la del sufrimiento?

¿Por qué estoy escribiendo todo esto?
Bueno, porque no creo en Dios. Dios está un paso antes de esta otra utopía. Dios es muy terco, muy simplón, demasiado buena onda para coincidir con un mundo sumido en la desgracia. No hay Dios. Esto no es un plan y no estoy destinado a absolutamente nada. Mi futuro es una invención de mi tendencia natural a poblar la experiencia con mis deseos e intenciones. Mi futuro es mío. Y eso significa que no es mío, porque yo no soy mío. Soy un nudo de relaciones: y eso es una metáfora geométrica para no volverme absolutamente loco. Pero... el teatro me ha enseñado, con su sabiduría, el poder de creer en la ficción. ¿Quién puede negarme ahora que el teatro es una de las expresiones más humanas que existen, si he demostrado cómo es una extensión del mismo principio, donde la realidad es también una herramienta para nuestros fines?
No creo en Dios. Pero puedo darme un "sí mágico", para mí. Una subjuntividad consabidamente ficticia y por ello humana. La racionalidad me ha llevado a concluir que voy a morir, que no sé cuándo pasará eso, que no podré hacer todo lo que he deseado, no importa cuánto me lo proponga, y que no alcanzaré jamás la paz absoluta, porque soy homo sapiens sapiens y éste no es el jardín del Edén. Y a mis 24 años, mediante un buen entrenamiento de mi hemisferio cerebral izquierdo y una neurosis obsesiva que me hacen relativamente "lúcido"  para mi etapa vital, me contemplo a mí mismo, mortal. Soy finito. El tiempo pasa y no seré eterno. Tengo una sola vida, porque no encuentro forma de creer en la reencarnación y en esta única vida, en este número indefinido e incalculable de años, o meses... (o segundos) que me quedan tengo que hacer todo lo que voy a hacer "YO", por toda la eternidad, en toda la historia humana y natural.

¡Qué cositas para pensar un jueves por la mañana! Too much... Pero... ¿sabes qué? No suena tan mal. No, de verdad. Viéndolo en retrospectiva, ¿no prefieres saber que son tus padres los que tanto se esforzaron para darte ese juguete costoso en Navidad y no fue una entidad sobrenatural (Santa Claus) un perfecto extraño, que le da regalos a todos y bajo la condición de someterse a un conjunto de reglas de conducta social? ¿Es en serio tan sombrío pensar que cuando un bebé se forma es resultado de una fascinante complejidad evolutiva que permite un desarrollo tan impresionante en tan poco tiempo desde una célula hasta un ser capaz de construir una computadora o una estación espacial? ¿Es tan malo y triste que no lo haya hecho un Dios mágico, tronando los dedos, para jugar con él después como soldadito de plomo? 

Personalmente, la inmanencia me ha brindado mieles más... no, definitivamente no diría que más "dulces": diría más bien que serían miles más aromáticas, más profundas. Mieles que no te hablan de un carrousel sino de tu primer beso. Mieles que saben a mujer que me abraza con brazos y piernas mientras llora de felicidad. Me siento más adulto,  más fuerte frente a la simplicidad de las cosas: sólo tengo una vida. Una sola. ¿Dejaré que se me vaya cuando no tengo la promesa de la vida eterna? ¿Dejaré que el miedo (la angustia) me domine en la inmovilidad cuando sé que de nada me va a servir sobrevivir? ¿Dejaré que el remordimiento me prive de la pasión cuando sé que "obrar según..." no me recompensará jamás y no he de perdurar por ello? No. Haré de la angustia una amiga, siempre presente. Le haré el amor y la dominaré en el acto, para convertirla en cómplice... Y le cambiaré el nombre: le llamaré "emoción" o "excitación", o "espectación". La vestiré con las ropas de esa sensación que siento cuando estoy a punto de salir a escena, convencido de un mundo completamente incierto y feliz de ser parte de algo que se mueve, sin que pueda detenerlo el hastío de lo predecible, como quien, a la orilla del precipicio cae en cuenta, por oposición al impulso de arrojarse, del placer que ha tomado de la vida. Le llamaré "Vértigo", y lo convertiré en mi amuleto.

Tengo que arrojarme al vacío, a lo desconocido, enfrentarlo con todas mis armas, porque no hay de otra...NO HAY DE OTRA: no hay un mañana eterno; hasta ahora caigo en cuenta de la simple cientificidad de aquella frase de que "there's no day but today". Me lanzo, porque soy un hombre, porque no hay otra vida, porque recuerdo que he llorado de felicidad, que he comida maravillas, que le he hecho el amor a la belleza máxima del mundo y que he sido. He sido y tengo la magnífica fortuna de seguir siendo. Por un tiempo. Una vida.

Y nada de esto es extraño a lo que mis ancestros hicieron, hace tanto, cuando el día clareaba y salían de las cavernas a enfrentarse con palos y piedras y heróica bravura a un mundo siempre nuevo.

Este es un tributo que rindo a mi entrañable escuela, la ENAH
a la antropología y su agridulce camino, 
a mi amada Brenda y su orgánica sabiduría
y al Hombre... 

jueves, 19 de abril de 2012

Te conozco


Una última cosa;proviene seguramente de mi obsesión por comunicarme,
pero quiero intentar creer que, de algún modo imposible, te conozco. 


Quiero intentar ver que hay una luz que tu alegría simple despide y que sólo vi una noche. 


Pero que desde entonces me ofrece miles de palabras,miles de aromas,miles de rumores en la sombra que siempre me inspira.Y no existe la generación espontánea


.Algo tienes...
Y ese algo es el viento que me mueve a dar un paso loco hacia ti,a sabiendas de soy sólo un "signo vacío", un par de zapatos chirriantes para ti.
a sabiendas de que no sé nada de tu historia, ni de tu destino,a sabiendas de que mi palabra y mi "presentación externa" te impiden conocerme.
A sabiendas de que los miedos primitivos te prohíben degustarme
.A sabiendas de todo.
Así que no he sido ingenuo,pero tampoco me mueve una razón, ni una proclama,ni un manifiesto. 
Sólo me haces moverme como el viento:sólo hay efecto,sólo espirales en la frescura del aire.Y no puede ser de otro modo


.Y eso me hace feliz.


Tengo que retribuirle a tu existencia el hecho de que me has hecho suspirar más de una vezy el hecho de que eso sea tan deliciosamente inexplicable. ¿No te conozco?


Si pasa mucho tiempo antes de que vuelva a verte,sólo concédeme la gracia de ver en mí algo que ya ha renunciado a toda posible apariencia.Reconozco y declaro ante el mundoque mis palabras son medios groseros para intentar dibujar toscamente lo que tendrían que decirte mis ojos aunque sólo te saludara un segundo, en la próxima fiestay tuviera que dejarte ir lejos, para siempre.


¿Qué podría decir para convencerte de la realidad de mis entrañas?
Tendría que decirte cualquier cosa.
Tendría que decirte:

"Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos hacia tu amigo que ha dado tantos pasos para verte". 

Camino a ti, a tu espejismo. Voy sediento.

Tantos alientos no se arrojan simplemente a la inclemencia del desierto.

Sólo quiero llenar mis palmas con tu talle y tomar el vino que encierras en los labios.Y si no hay oasis, caeré inevitablemente muerto. La mortalidad me da licencia para sostener mi intuición:

quizá el deseo pueda ser conocimiento.

lunes, 27 de febrero de 2012

Nada que decir

- Entonces, ¿es el fin?

- Eso pienso.

- Creo que, en el fondo, siempre supe que este día llegaría.

- Yo no me lo esperaba. Pero lo tengo que aceptar, ¿no?

- Estoy muy cansado.

- Yo igual.

- Nada valió la pena, después de todo. Llegó el día en que no queda nada por decir. Después de tanto esfuerzo, de tantos sueños, de tanto tránsito, tantas piedras acuchillando mis pies... después de todo... ¿Cómo llegamos a este día? ¿Y qué sentido tiene? ¿Cómo continuar a partir de aquí? ¿Quién va a escuchar nuestro silencio?

- Nadie, supongo.

- ¿Y no te irrita? ¿No odias un poco al mundo por habernos traído aquí, por habernos transportado, procesado, alineado, pulido, manufacturado de tal forma que el día de hoy no tenemos nada que decir? ¿No quieres por lo menos abrirte el estómago o abrírselo a alguien más?

- Lo quise. Ya no.

- ¿Qué cambio?

- ¿No caes en cuenta, verdad?

- ¿Qué?

- Mis palabras, mis ideas, mis latidos (aún los tengo) mis actos... no dicen nada. No tenemos nada qué decir. Mi rabia, mi muerte, la muerte de mis enemigos; todo sería mudo, insignificante. Así que vivo. Aún vivo.

- ¿Por qué? ¿Para qué? Nuestra vida tampoco significa nada.

- No. Sin embargo, espero.

- ¿Qué esperas?

- Nada. No tengo nada que esperar. Sólo escucho.

- ¿El viento?

- El silencio. En él caben todas las palabras. Y yo ando corto.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Senilidad Juvenil

[este es un pensamiento que ya no recuerdo cuándo me surgió, y que hallé hace unos días en el bolsillo de una vieja chamarra]

Sintiendo el frío y sórdido silbido
del camino hacia la vejez,
hacia la lucha solitaria que
ya casi nadie alimenta, que
ya casi nadie cree...
encuentro que mis motivos
viven ahora en el "casi"
que llena mis sandalias
de barro seco y pedernal hastiado.
¡Qué rápido empezó el gris
de los días moribundos a
decidir el destino!

Tan de pronto el miedo espeso
lanza guijarros a mi ventana...


de Viktor K.

P.S.: No recuerdo, como dije, cuándo escribí esto, pero me doy cuenta que este extraño pensamiento no ha dejado del todo mi cabeza. Aún me asalta alguna ocasión... cuando siento en la carne temblorosa cómo el tiempo se me escapa como agua entre los dedos. Cuando siento, al ver el crecimiento ajeno, sentimientos inconfesables de algo parecido al arrepentimiento. Eso pasa... y éste no es uno de mis orgullos pero, si puedo preciarme de algo, es de mi sinceridad.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Emoción

Una noche, recordando las vigilias veraniegas de la juventud en lid, los tersos labios de los besos primordiales, los perfumes predilectos del archivo neuronal dedicado a la satisfacción de las fantasías, me encontré superado, sobrecogido por una fuerza interior, desarmado y sin ánimo de afrontar el flujo incorpóreo con su mudo argumento... tomó posesión de mis entrañas este fantasma que llamamos emoción y asumió la administración de mis humores, mis fibras y mis energías... decidió, sin preguntarme, sobre el ritmo cardiaco, la trifulca respiratoria, la tensión muscular y la postura... decidió, sin piedad y sin mesura, convertirme en un danzante de la música oculta, expresión de una sabiduría ni escrita ni traditada, y emisario del sencillo e imponente mensaje que es Su Voluntad indomable. Esto es lo que llamamos emoción... este es el momento en que se hace tan cínicamente transparente la constante intraductibilidad del mundo... ¿Qué decir? Mientras tiembla deleitada y nerviosa la mano que intenta soberbiamente escribir para "recuperar" la autoridad del destino... ¿Qué decir? Mientras el cuerpo exige la caricia última, el beso fundante de todas las historias, el aria monumental de la Ópera perfecta, y la majestuosa sensación previa a la entrada en escena... ¿Qué decir? Cuando se siente el amor inmenso que intercambian sin recato el presente y el recuerdo... ¿Qué decir? Ante la imagen de los labios risueños y húmedos, de la piel dorada por el sol costeño, del café oscuro y perfumado, de la niebla montañesa, de la canción profunda, del baile meta-orgásmico, del vino orgiástico, del secreto delicioso, de la fiesta fúrica... ¡¿Qué decir?!

Decir que hay momentos, nocturnos muchos de ellos, en que la emoción envuelve de tal arte y con tal brío desgarrador, que la razón se hinca, el cerebro se embriaga, el sentido se redunda, la neurosis desmaya y el corazón se agita tanto que augura con temerario dulzor su última suerte... y es bello... en medio del espectral y erótico silencio se dice que... sobretodo... es bello.


de Viktor K.
[en la foto: la adorable Tania Pérez Salas, bailarina..."pasión en movimiento")

lunes, 23 de agosto de 2010

Buscando al Hombre

Me detuve un momento en lo que parecía ser un tendajón. El sol se ponía sobre el semidesierto cuajado a ratos de cactos altivos. Bajé del caballo sin nombre y entré en el establecimiento, no sin antes recibir la mirada intrigada de un extraño. Compré un refresco y salí a tomar el aire fresco a la sombra del pórtico. El hombre que me había mirado seguía empedernido escrutando los linderos de mi faz.

- ¿Qué busca usted, pues? - al fin cuestioné.

- Ando buscando al Hombre.

Su locura me pareció... interesante; la intensidad con la que enunció su proposición, sin embargo, me hizo pensar que tal vez yo fui el primero y el único en considerar el potencial valor de su... atrevimiento, de su... imprecación.

- A ver, ¿Cómo es eso?, oiga.

- Pues es que mire. Yo vengo de por allá, de bastante lejos. Salí de mi tierra por algo que dijo mi mujer... Después de una noche en que le pegué... yo creo que de más, ella me dijo una cosa que me espantó el sueño, que me inquietó, pues.

- ¿Qué le dijo?

- Me dijo, así traqueteada como estaba, espantada, me dijo: "tú no eres hombre... no eres hombre". Ya me había dicho de todo; montón de cosas, pero eso nunca... eso sí nunca. "¡¿Cómo que no soy hombre?!", le digo, "¡A ver si no soy macho, a ver, te voy a enseñar!"... Pero no me va usted a creer... ella me dijo: "Sí, eres macho, pero no eres hombre, no eres humano". Y entonces creí que sabía por dónde andaba la cosa, y que le digo: "Ah, entonces ¿soy bestia, cabrona?" Y que me dice: "No, claro que no... sólo no eres hombre." Luego me fui a acostar... no a dormir, pero me acosté a pensar.
El día siguiente que andaba ella amasando, ya serenada, le dije: "Oye, y entonces ¿quién sí es hombre, según tú?"; "No lo sé", y siguió amasando tranquila. ¿Cómo ve? Esa noche salí de mi pueblo. Ya llevo un rato buscando, busque y busque, pregunte y pregunte.

- ¿Y por qué se lo tomó tan a pecho, hombre?

- Pues mire... Por todos lados que voy, me dicen "hombre". Mi mamacita me decía: "Tú eres hombrecito, tienes que portarte como hombrecito". Y ahora usted, por ejemplo, me dijo "hombre".

Me divertí con esta juguetona "coincidencia".

- Sí, es cierto, le dije "hombre". Pues es que es usted un hombre, señor. ¿Qué va a ser si no? Usted habla, piensa, ama. Usted se ve como yo. ¿Tiene hijos?

- Sí, cuatro. Bueno, y uno que se murió apenas de meses.

- ¿Lo ve? La biología nos enseña que una "especie" es aquella cuyos miembros pueden reproducirse entre sí. Así usted, un hombre, y su mujer hicieron hijos.

- Eso sí... ¿usted es profe, o algo así?

- Algo así...

- Pues mire, sí está muy bien eso de la biología y la ciencia, pero... yo pienso... no creo que mi mujer hablara de eso, oiga. Porque ella es buena, pero no sabe ni leer. Ella no sabe de eso de "especie", ni nada, pero lo que me dijo me lo dijo... bien segura, bien cierta. Ella dice que no soy un "hombre". Ahora ando por todos lados buscando uno. Aunque no sé cómo se vea, ni qué haga, ni cómo hable o camine... ando buscando un "Hombre", uno que mi mujer dijera que es humano, pues. Desde que usted bajó de su caballo me pareció que se ve usted igual que mi mujer, sin ofender... se ve usted igual de seguro, de cierto. Se ve en sus ojos que ha visto mucho y vivido de sobra.

- Algo así.

- Pues por eso... yo salí hace casi dos años de mi pueblo. Salí a buscar al Hombre... y nomás me he topado conmigo... me he encontrado lo que me han dicho todos. Pero no me han dicho nada nuevo. Todo lo que me ha pasado, ya lo sabía yo de mí. Todavía no encuentro qué es eso que mi esposa no encuentra, qué es eso que me dijo tan segura, qué es eso que existe, pero que no ha conocido. ¿Qué es el Hombre? Y si yo no soy hombre, ¿entonces qué soy, oiga? Eso me espanta el sueño todavía, todas las noches. Por eso, como se ve usted viajado, pensé... tiene que haber usted encontrado al hombre. Tiene usted que saber lo que es. Tiene que haberle aprendido a serlo. Pensé que usted es ése hombre que estaba buscando. ¿No quiere venir a mi tierra unos días? Yo lo invito; hay trabajo y comida siempre.

- No, gracias. Tengo que seguir caminando.

- Está bueno - me dijo, muy decepcionado. Bueno, pues cuénteme de usted, tan siquiera.

- No hay mucho qué decir.

- Bueno. Sale, pues. Yo creo que entonces no hay mucho qué decir del Hombre.

Subí a mi caballo, y continué mi camino, dejando atrás a aquel personaje que me pareció un espejismo. De pronto me percaté que no sabía hacia dónde iba... que no recordaba cómo había llegado hasta ahí, ni qué estaba buscando en tantos pasos. Me pregunté, después, por darle alas a la ocurrencia, si, arropado por mi académica arrogancia, no iría yo también, después de todo, buscando lo mismo que aquel viajero.

Fragmento de Un libro que nunca fue
de Viktor Kraskatollin

viernes, 23 de julio de 2010

Demasiado mental


Ardía la resistencia en el diván. Cinco años de terapia, y aquí estábamos, empantanados. Ella sudaba, frustrada, y mascaba nicotina. Rompió el incómodo silencio y arremetió contra mi terquedad:

- Es que eres un paciente demasiado... mental. Debes intentar...- me dijo, yo creo sin saber bien hacia dónde se dirigía su sentencia- debes dejarte llevar.

Respiré profundo... saborée la proposición, pero... algo faltaba. Siempre me falta algo.

- A ver - esculpí mi respuesta - sólo quiero saber que entiendo lo que me dices cuando dices...

- ¡Ajá! ¿Lo ves? Ahí vas de nuevo: quieres "saber", quieres "entender". Sólo estás usando la mente, estás siendo mental. La mente debería de aprender a dejar de... ser la "torre de control", dejarse llevar por los sentimientos, por la pasión.

Me di cuenta del problema y sonreí. En verdad, me sentí mejor por eso.

- Disculpa si te interrumpí - ella prosiguió - pero es que soy una apasionada.

- Sí, yo también lo soy, aunque no suelo dar esa impresión.

- Sí, eres intenso. Pero no sabes dejar de pensar. No te dejas llevar. No te dejas emocionar.

Sonreí bien. Sonreí mucho; no ruidosamente, sino profundamente. En verdad veía el problema.
Finalmente, hablé.

- ¿Qué es la pasión? ¿quién decide?

- ¿Qué?

- ¿De dónde viene el estremecimiento interior que no me ha dejado dormir?

- Ésa no es pasión... es una obsesión.

- ¿Dónde termina una y comienza la otra?

- Bueno... la obsesión es incómoda. La pasión es gozosa.

- ¿Quién decide?

- La convención... supongo - dijo, algo asustada-.

- ¿La convención es apasionada? ¿Acaso no es pasión aquella que te supera, que te domina, que no puedes evitar? ¿De dónde viene el estremecimiento del que comprende algo? ¿Por qué cuando comprendo el problema, cuando veo que aquí nos estamos disputando una palabra y no la realidad, o cuando entendí cómo logran suspenderse las estrellas en sus órbitas... por qué cuando sé algo, cuando entiendo algo, una fuerza estremecedora emerge de mis entrañas y me hace exclamar... "eureka"?

- Pues no lo sé... ¿necesitas saberlo?

- No. Pero me fascinaría, me deleitaría... saberlo me provocaría un éxtasis incontrastable. Puedo ver que a ti no te interesa, porque no te apasiona.

- ¿La obsesión?

- Sí. La obsesión es la pasión de la mente. Y tú eres apasionada... pero no te dejas llevar... no te dejas obsesionar.

Terminó la sesión... la última que mantendríamos. Ella permaneció calmada, taciturna. Miró un pajarillo en la ventana, comiendo alpiste. Y me volvió a mirar. Había una mezcla de resignación y compasión en su mirada. Me recomendó a una colega suya, mujer apasionada, de pocos pacientes y muchas historias... quizá ella...quizá.

A la mañana siguiente, le llamé... por primera vez.


Extracto de Conversaciones con mi psicóloga y amiga
de Vicktor Kraskatollin